Ya estamos en Junio y seguro que ya tenemos a la vista las tan merecidas vacaciones y con ella miles y miles de personas empezaran a viajar por todas partes y con ello, la necesidad de plasmar en imágenes el contenido del viaje. Y esto nos es un fenómeno actual. Ha sucedido así desde la mismísima invención de la fotografía, o quizás  antes con los grandes maestros de la pintura.

Tenemos el deseo innato de viajar para descubrir, para conocer, para documentar y para con el regreso, compartir, aunque ahora con las redes sociales ya se comparte en el mismo instante de tomar la foto. Hoy en día, casi todo el mundo tiene una cámara y es más o menos capaz de captar ese paisaje, ese rostro, ese atardecer y compartirlo luego con amigos y familiares.

La fotografía de viajes nos sirve para fijar nuestros recuerdos en el tiempo, pero reconozcámoslo, también para dar rienda suelta a ese pequeño diablo vanidoso que todos llevamos dentro. No solo hay que ir al sitio, sino que luego hay que enseñar a nuestros círculos cómo es ese sitio, lo bien que lo hemos pasado, cuan maravilloso era la comida o que vistas tenía la terraza del hotel. Privilegios que la fotografía de viajes nos permite datar.

_DSC0194Las populares Werlisa Color o las Kodak Instamatic o las Leica nos abrieron ese camino de difusión de nuestros viajes, aunque ese nivel de exposición pública de nuestras fotos de viajes empezó a alcanzar cotas de fenómeno histórico con la aparición de la fotografía digital, pero la aparición de los smartphone ha roto todos los esquemas. Ahora no solo fotografiamos compulsivamente todo lo que nos rodea en un viaje sino que lo compartimos al instante, no solo con nuestros conocidos sino además con otros miles de personas a las que ni conocemos ni conoceremos en nuestra vida.

Y es que, lamentablemente, ya no importa la calidad. Hoy Importa más la inmediatez y la cantidad. Y es que si las fotos de viajes se hacen con un teléfono, ¿a quién coño le importa la distancia focal, la profundidad de campo o la apertura del diafragma? Un cambio drástico para la fotografía, que ha perdido su glamur y que nunca volverá a ser lo mismo. La fotografía de viajes es además el género visual en el que más se entremezclan los intereses profesionales y amateurs. Todos hemos fotografiado o la torre Eiffel, o el Kremlin o las torres de Dubái, o la catedral de Burgos… y es que en este género, el fotógrafo está obligado a ver más allá, a tener un estilo propio, a desarrollar esa visión personal, a veces crítica, y transformar una imagen vulgar en una fotografía única. Lo cierto es que no es fácil componer esa imagen singular a partir de elementos fotografiados millones y millones de veces antes de que lo hagas tú.

El fotógrafo de viajes, como cualquier creador, tiene transmitir emoción en sus trabajos pero además tiene la difícil tarea de hacerlo de forma original sobre una apuesta probablemente reproducida por millones de personas antes que él.